Metro de Caracas
El vagón viene “full”, puedes decidir aceptar la batalla y entrar aunque te cueste la vida o, en algunos casos, si eres afortunado y te encuentras en estaciones cercanas al final de la línea, tienes la oportunidad de tomar la dirección contraria y perder un poco de tiempo a cambio de ir sentado.
Existen diversas modalidades: parado, sentado, recostado, aplastado o en el aire. El que va de pie, ciertamente piensa que se encontraría mejor sentado, sin embargo, no se percata de la gran brecha que existe entre él y el que ocupa el puesto de enfrente. Por el contrario, el que va sentado es consiente de su condición de ventaja, y se siente profundamente afortunado, sobre todo cuando las puertas se abren en las estaciones de mayor concurrencia, escuchándose el río de gente que entra entre empujones y “dale, dale”, “permiso por favor”, “dejen salir” o “sálgase señora que no cabe”... El sentado es un espectador de la tragicomedia del vagón, un tanto indolente, diría yo, en las peores situaciones, al sentir alivio mirando la infortuna ajena.
Así mismo, puedes optar por tomar una actitud pasiva y aceptar ir de pie sin complicaciones o puedes competir, ubicándote en sitios estratégicos para ganarle al puesto a las tres contrincantes de tu área (Puedes caer en exquisiteces al buscar, además, el asiento pegado a la ventana) Tener que ceder el puesto a viejitas o embarazadas puede ser una obligación desagradable o de bienestar, al hacer sentir culpable al barbudo de la esquina.
Actividades muchas, sentado o parado, puedes leer el libro que llevaste contigo, o enterarte de las noticias emitidas en el periódico del señor de al lado, o aprender del artículo de psicología de la muchacha de azul, el cual explica las rayas trazadas por un hombre esquizofrénico.
La simple observación siempre es válida, así como el descubrimiento de vidas ajenas y la interpretación del comportamiento de la gente. Las peluqueras que se quejan de sus compañeras de trabajo, los dos estudiantes que juguetean ¿Serán novios o hermanos? Se parecen un poco..., el señor con su cara larga y su mirada fija ¿Por qué tendrá esa tristeza en sus ojos? Quizás está harto de su trabajo y su mísero sueldo y tampoco tiene ganas de llegar a su casa; las señoras con sus bolsas, las pobres sin nadie que las ayude, en fin...
Entre otras cosas, siempre puedes evitar las miradas fijas de los hombres babosos o verte en el reflejo de la ventana de vidrio evitando que los demás se den cuenta de tu vanidad, o sonreír si encontraste una mirada de empatía. Y así, quitar tu mano al encontrar otra mano, desear que se vaya el hijito de la señora del puesto anexo que lleva todo el viaje jugando con tu cartera, tratar de voltear la cara de manera de no tener que oler el cabello recién lavado de la muchacha que lo restriega en tu cara con sus continuos movimientos. Puedes encontrarte a un gerente francés del trabajo o a la señora que trabaja en tu casa y llamarla "¡Mara!" Puedes participar en los comentarios o críticas de otros pasajeros, puedes reír, conversar, discutir, molestarte, o ser tú quien le grita a la señora que no cabe que se salga... Si te vas por los horizontes más bajos, puedes observar zapatos y pies, y criticar mentalmente el dedo gordo de la muchacha del puesto de enfrente.
Pensar y pensar e irte a otro mundo, hasta el punto de pasar la estación de destino y darte cuenta porque el color, el olor, el sonido y la gente no cuadran con tu rutina diaria.. (Confirmándolo al escuchar al conductor del vagón decir “Estación Petare”)
Existen diversas modalidades: parado, sentado, recostado, aplastado o en el aire. El que va de pie, ciertamente piensa que se encontraría mejor sentado, sin embargo, no se percata de la gran brecha que existe entre él y el que ocupa el puesto de enfrente. Por el contrario, el que va sentado es consiente de su condición de ventaja, y se siente profundamente afortunado, sobre todo cuando las puertas se abren en las estaciones de mayor concurrencia, escuchándose el río de gente que entra entre empujones y “dale, dale”, “permiso por favor”, “dejen salir” o “sálgase señora que no cabe”... El sentado es un espectador de la tragicomedia del vagón, un tanto indolente, diría yo, en las peores situaciones, al sentir alivio mirando la infortuna ajena.
Así mismo, puedes optar por tomar una actitud pasiva y aceptar ir de pie sin complicaciones o puedes competir, ubicándote en sitios estratégicos para ganarle al puesto a las tres contrincantes de tu área (Puedes caer en exquisiteces al buscar, además, el asiento pegado a la ventana) Tener que ceder el puesto a viejitas o embarazadas puede ser una obligación desagradable o de bienestar, al hacer sentir culpable al barbudo de la esquina.
Actividades muchas, sentado o parado, puedes leer el libro que llevaste contigo, o enterarte de las noticias emitidas en el periódico del señor de al lado, o aprender del artículo de psicología de la muchacha de azul, el cual explica las rayas trazadas por un hombre esquizofrénico.
La simple observación siempre es válida, así como el descubrimiento de vidas ajenas y la interpretación del comportamiento de la gente. Las peluqueras que se quejan de sus compañeras de trabajo, los dos estudiantes que juguetean ¿Serán novios o hermanos? Se parecen un poco..., el señor con su cara larga y su mirada fija ¿Por qué tendrá esa tristeza en sus ojos? Quizás está harto de su trabajo y su mísero sueldo y tampoco tiene ganas de llegar a su casa; las señoras con sus bolsas, las pobres sin nadie que las ayude, en fin...
Entre otras cosas, siempre puedes evitar las miradas fijas de los hombres babosos o verte en el reflejo de la ventana de vidrio evitando que los demás se den cuenta de tu vanidad, o sonreír si encontraste una mirada de empatía. Y así, quitar tu mano al encontrar otra mano, desear que se vaya el hijito de la señora del puesto anexo que lleva todo el viaje jugando con tu cartera, tratar de voltear la cara de manera de no tener que oler el cabello recién lavado de la muchacha que lo restriega en tu cara con sus continuos movimientos. Puedes encontrarte a un gerente francés del trabajo o a la señora que trabaja en tu casa y llamarla "¡Mara!" Puedes participar en los comentarios o críticas de otros pasajeros, puedes reír, conversar, discutir, molestarte, o ser tú quien le grita a la señora que no cabe que se salga... Si te vas por los horizontes más bajos, puedes observar zapatos y pies, y criticar mentalmente el dedo gordo de la muchacha del puesto de enfrente.
Pensar y pensar e irte a otro mundo, hasta el punto de pasar la estación de destino y darte cuenta porque el color, el olor, el sonido y la gente no cuadran con tu rutina diaria.. (Confirmándolo al escuchar al conductor del vagón decir “Estación Petare”)
A pesar de toda esta locura subterránea, casi siempre prefiero irme en mi carrito escuchando las canciones que me gustan, en soledad...

1 Comments:
At 09 marzo, 2006,
Somnius said…
Lilitaaaaaaaaa, no lo había leído!!!!! Muy lindooooo, y divertido, jaja.
El subte acá es igual, te aviso!
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